domingo, 21 de agosto de 2016

Un aperitivo: SOLO UNA NOCHE (Triple Trouble vol. 1)


SOLO UNA NOCHE
En la más oscura de las noches se esconde el pecado, pequeñas y ardientes fantasías dispuestas a cobrar vida.
Un aviso de la central de policía hace que el detective de homicidios Reaver Falcon se presente en el club Triple Trouble para poner orden en una riña, un inesperado encuentro que lo llevará de vuelta al pasado y a la única mujer con la que ha vivido obsesionado.
¿Bastará una sola noche para quitársela de la cabeza?






El detective de homicidios Reaver Falcon empezaba a pensar que el que lo hubiesen arrancado de la reunión de antiguos alumnos de la academia de policía no era tan malo como había pensado al principio. No solo lo habrían librado del tedio de la celebración al que lo había arrastrado su primo, sino que ahora estaba ante una suave y deliciosa gatita, que, según los testigos, era la parte principal de la reyerta que se había gestado.
Ella contrastaba estrepitosamente con el ambiente en el que la había encontrado. Su aspecto recatado y conservador nada tenía que ver con los corsés, faldas y vestidos de látex que formaban el código de vestimenta del exclusivo club en el que habían incursionado. La llamada del dueño informando de un altercado, protagonizado por uno de los gilipollas de turno, lo había llevado hasta allí.
El que dicho dueño fuese además su hermano, tenía mucho que ver.
Gabriel era la oveja negra de la familia, el capullito de alelí que le había dado la espalda a la tradición familiar y había dejado la rama de las fuerzas de seguridad para dedicarse a la construcción.  Su hermano mayor era un contratista endemoniadamente bueno y el Triple Trouble, no era más que uno de sus ‹‹caprichos››, uno del que él mismo había disfrutado de vez en cuando.
Y, definitivamente, ella no encajaba en ese ambiente.
Nerviosa y desconfiada, sus ojos reflejaban claramente que no confiaba en uno solo de los presentes. Eso la convertía en una mujer inteligente. La recorrió con la mirada y observó la manera en que se tensó, la forma en que vacilaba cambiando su peso de un pie a otro. Estaba incómoda, en cierto modo parecía fuera de lugar y, al mismo tiempo, demasiado segura para encontrarse en un club como aquel. Pero eran las breves miradas que le lanzaba lo que despertaron por completo su curiosidad; había algo que la delataba en cierta forma. Escondía algo, pero ¿qué?
Entrecerró los ojos y la contempló con mayor detenimiento, había algo que despertaba su curiosidad, tenía la extraña sensación de haberla visto antes, pero era poco probable. Su aspecto no era el del tipo de mujeres con las que solía salir.
—¿Cuál es su relación con el agredido?
Y aquello era otra de las cosas interesantes de aquel caso; ella había sido la agresora.
Sus mejillas se tiñeron de un bonito tono rojo, levantó ligeramente la nariz y bufó.
—No es asunto suyo, detective.
Enarcó una ceja ante el tono de animosidad presente en su voz y el peligroso brillo en sus ojos. Oh, la gatita podía vestir como una jodida maestra de escuela católica, pero esa mirada y esa seguridad no lo eran.
—Oh, me temo que sí lo es, señorita…
Su mirada se volvió más intensa cuando dejó que su nombre emergiese de entre unos apetitosos labios pintados de carmín.
—Abby —respondió sin apartar la mirada de la suya—. Y no me une ninguna relación con esta escoria, a excepción de un contrato con mi cliente.
—¿Contrato?
Y esa era sin duda una respuesta que no esperaba escuchar.
—Su esposa me contrató para encontrarlo y obligarle a presentarse al juicio… y también quiere recuperar la pasta con la que se largó.
—¡Está loca! ¡No sé de qué mierda está hablando! —gruñó el agredido cubriéndose la nariz con un pañuelo ya ensangrentado—. ¡Esa zorra está loca! ¡Me ha roto la nariz!
Los ojos claros se cerraron sobre el hombre, su rostro adquirió un gesto serio y duro.
—Te la rompiste tú solito por gilipollas.
—¡Eso es falso!
Enarcó una ceja.
—Sí, claro y yo me chupo el dedo —resopló—. ¿Quieres que te refresque la memoria, cariñito?
El chillido que emitió cuando el tacón de la mujer entró en contacto con sus partes íntimas sobresaltó a todos los presentes.
—Ey, ey, ey… —Tiró de ella hacia atrás, notando en el proceso las curvas de sus senos.
—Arréstela y métala en una celda, agente. ¡Está loca! —chilló el hombre—. ¿Ha visto lo que me ha hecho?
—No eres más que otro pedazo de mierda…
El vocabulario de la muñequita contrastaba una vez más con su cándido aspecto.
—¡Presentaré cargos! —insistió él. Vestido con pantalón y chaleco de látex, no inspiraba precisamente seriedad—. ¡Esa zorra me ha atacado y me ha roto la nariz!
Adelante, pero lo harás después de presentarte como un buen maridito capullo en el juicio —aseguró totalmente tranquila—. Imagino que a Ruby le encantará saber además dónde te he encontrado.
La sola mención de ese nombre hizo palidecer al agredido, quién empezó a mirar de un lado a otro como si esperase que esa mujer saliese de algún lado.
—No sé de qué estás hablando…
—Pues para no saberlo, pareces bastante preocupado, chico —comentó Gabriel, quién se había mantenido en silencio hasta ese momento. Su hermano parecía disfrutar del espectáculo casi tanto como el resto de los presentes.
—Has hablado de un contrato… y, a juzgar por tus palabras, asumiré que le conoces… —optó por tutear a la mujer a la que todavía sujetaba.
Ella lo fulminó con la mirada y después descendió hasta el punto en el que la tocaba dejándole claro que quería que la soltase.
—¿Le importaría soltarme, detective?
Enarcó una ceja ante la manera en la que casi escupe su cargo.
—Entonces, ¿quién es esa tal Ruby? —Se interesó Gabriel, el cual parecía realmente divertido por el intercambio que parecía estar sucediendo entre los dos.
—La esposa de este mierdecilla.
El aludido entrecerró los ojos y la miró con renovado odio.
—¿Y quién coño eres tú?
Sus labios se curvaron ligeramente, se enderezó la chaqueta y se inclinó ligeramente hacia delante.
—Abigail Nuales, la caza recompensas que ha contratado tu mujer, la cual da la casualidad que es mi prima, hijo de puta.
Reaver no estaba seguro de quién palideció más ante la declaración de la chica, si el agredido, su hermano Gabriel o él mismo.
—¿Has dicho Nuales? —se atragantó.
—¿Qué la zorra de Ruby ha contratado una caza recompensas? —bramó el agredido—. Espera… tú… tú eres la chalada de su familia, la que va por ahí pegando tiros…
—No me jodas… —Gabe lo miró con los ojos como platos—. ¿Abigail Nuales? ¿Esa Abigail Nuales?
—¿Caza recompensas?
La aludida fulminó a su hermano con la mirada y se giró hacia él con la misma cara de pocos amigos.
—Ahora, ¿podría dejarme hacer mi trabajo, detective Falcon?
Todo lo que pudo decir al respecto fue un gran y rotundo.
—Mierda.
La mujer que estaba ante él no era otra que la chica con la que había pasado uno de los fines de semana más eróticos de su vida. Uno que había terminado cinco años atrás, con él mismo y una mujer llamada Abigail Nuales, delante de un juez de paz vestido de Elvis, en la pecaminosa ciudad de Las Vegas.
Una mujer a la que no había vuelto a ver hasta ahora.




Si alguien le hubiese dicho a Abby que esa noche iba a encontrarse con el diablo, se habría reído en su cara y luego le había disparado. Menos mal que nadie lo hizo, o, ahora mismo, tendría que disculparse por el tiro.
De todas las alimañas que había perseguido a lo largo de los últimos tres años, la última de ellas, un marido infiel al que le gustaba demasiado el juego y el sexo alternativo y que se había largado sin pagar lo que debía a su mujer, había tenido que ser el que la condujese a este estúpido club y al policía con el que había protagonizado un episodio ya olvidado de su vida.
¿Olvidado? ¿De verdad? ¿Has podido olvidar ese pecaminoso fin de semana?
Él ni siquiera la había reconocido, la había mirado con abierta curiosidad y apreciación sensual, pero no había tenido idea de quién era ella hasta que escuchó su nombre. Qué conveniente.
Ruby había acudido a ella un mar de lágrimas, solo para pedirle que le hiciese una rebaja en el precio cuando la contrató para que buscase al cabrón de su marido; la joyita se había largado con el dinero de la venta de no sabía qué coche a Las Vegas, después de que su mujer hubiese pagado la fianza. No dejaba de ser irónico que recurriesen a ella, especialmente cuando gran parte de su familia no quería ni siquiera escuchar su nombre; una mujer caza recompensas, ¿dónde se había visto algo así?
Lo gracioso es que ese giro de su vida había venido precisamente tras su primera visita a esa ciudad cinco años atrás, una que la trajo para celebrar la despedida de soltera de su hermana pequeña y que la condujo a perderse el final de la velada y terminar follando toda la noche con un completo desconocido —la mejor noche de su vida—, solo para descubrirse casada al día siguiente y sin rastro de su supuesto marido.
Afortunadamente, las bodas exprés de las Vegas solo tenían validez si se validaban en un juzgado, cosa que ninguno de los dos cónyuges había hecho.
Y, por cierto, dicho cónyuge estaba ahora mismo delante de ella, con la sorpresa e incredulidad escrita en el rostro.
Sin interés por alargar más esa velada y deseando volver a la habitación de su hotel, dónde pudiese coger una buena borrachera y finalmente, dormir la mona antes de tomar el vuelo de vuelta a casa al día siguiente, sacó su identificación del bolsillo y se la plantó delante de las narices.
—Soy caza recompensas y trabajo para la Asociación Nacional de Agentes para el Cumplimiento de Fianzas y este hombre se ha escaqueado antes de presentarse a juicio —declaró mirando a la sabandija—. Estaré encantada de entregarlo a su custodia, detective, cuando me devuelva los diez mil dólares con los que se largó.
La cara del detective era un verdadero poema, su mirada iba de su presa a ella como si no pudiese entender lo que le estaba diciendo. No es que lo culpase, la cosa se le había ido un poquitín de las manos cuando el muy gilipollas la había confundido con una de las mujeres del club. Había estado tan empeñado en que hiciese una escena con él, que no le había quedado otro remedio que reducirlo y romperle la nariz; en su defensa tenía que decir que el cabrón se había atrevido a apretujarle una teta.
—Caza recompensas.
Ladeó la cabeza y se cruzó de brazos.
—¿Es tan difícil de entender el término?
—Estás en mi jurisdicción, guapa y, en lo personal, no me gustan los caza recompensas… de ningún tipo.
Descruzó los brazos y alzó las manos.
—No te preocupes, cowboy, estoy dispuesta a salir corriendo de tu territorio tan pronto ese hijo de puta devuelva lo robado y sea llevado ante el juzgado para presentarse a juicio. Lo cual, estoy segura, puedo dejar en tus capaces manos.
Um. Al poli no le gustaba ni un pelo que le llevasen la contraria, o, quizá lo que no le gustaba era que fuese una mujer el que le diese la réplica.
—Tengo que recordarte que nos han llamado por una agresión y el único herido que veo aquí, es… él.
Se llevó las manos a las caderas y resopló.
—Eso no es una agresión, es… un accidente.
Él enarcó una ceja.
—No aceptó un no por respuesta, me tocó una teta ergo le casqué los huevos —se encogió de hombros—. Si él ha sido tan gilipollas como para romperse la nariz contra la mesa, ¿qué culpa tengo yo?
Err… ella tiene razón…
El hombre que había estado detrás de la barra del bar y había llamado a la policía, la señaló con un gesto de la mano.
—Se oyó claramente su negativa.
—¿Y por qué no hiciste nada?
La ofensa vibró en su piel.
—No me dio tiempo, para cuando salí de detrás del bar, ella le había pegado ya un rodillazo en las pelotas y él sangraba como un cerdo al golpearse en el proceso.
—¡Esa puta me ha roto la nariz!
—¡Cállate!
La respuesta surgió al mismo tiempo de la boca de ambos haciendo que el tercero se echase a reír.
—Entonces, ¿sacas la basura a la calle?
—¡Pienso presentar cargos!
—Estupendo —aseguró el detective girándose hacia él—. Podrás hacerlo en comisaría, dónde estarás en custodia hasta el juicio y, después de que ella llame a tu mujer y le diga que te ha pillado en un club erótico y tocándole las tetas a la caza recompensas que ha contratado.
La risita del barman se convirtió en una carcajada.
Abby, por otro lado, optó por acuclillarse y tenderle la mano.
—El dinero, por favor.
Él escupió al suelo, fallando por poco sus piernas.
—¡Que os jodan a ti y a esa zorra!
Chasqueó la lengua, se levantó y antes de que pudiese hacer algo más, había presionado el tacón de sus zapatos contra los huevos haciéndolo cantar como un soprano.
—¡Puta! ¡Oh, joder!
—El dinero…
—¡No lo tengo! —chilló como un cerdo—. ¡Me lo he gastado!
—Joder… —se encogió también el barman.
—¿Todo? —Insistió apretando su tacón.
—¡En mi bolsillo! ¡En el jodido bolsillo! ¡Es todo lo que queda, lo juro!
Se inclinó para bucear en su bolsillo, sacó un rollo de billetes, lo metió entre sus pechos y le lanzó un beso antes de apretar un poco más arrancándole un alarido que hizo que los hombres presentes se encogiesen.
—Gracias —declaró—. Que lo pases bien en el juicio.
—¡Serás zorra! —lloriqueaba retorciéndose en el suelo—. ¡Puta! ¡Mis huevos! ¡Me ha roto los huevos!
Le dio la espalda y miró al policía, el cual tenía cara de pocos amigos.
—Todo suyo, detective.
Sin más, les dio la espalda a todos y salió tan dignamente como había entrado.




Reaver se había quedado sin palabras, todo lo que podía hacer era mirar a la peligrosa mujer que se alejaba atravesando el espontáneo pasillo formado por la gente que esa noche estaba en el club. Nadie parecía dispuesto a darle el alto después de lo que habían visto, en especial los hombres.
—Joder, menuda mujer —ronroneó su hermano—. Dime que vas a ir tras ella.
—Bueno… —Habló entonces el policía que le había acompañado y que se mantuvo en silencio hasta el momento. Él, al igual que los demás, había palidecido ante tal despliegue femenino—. Parece que alguien va a tener que hacer una visita al hospital, antes de salir de viaje hacia un juicio.
Su mirada se encontró con la de su compañero, quién enarcó una ceja un poco sorprendido. Entonces bajó sobre el despojo del suelo.
—Llévatelo —señaló al perdedor con un gesto de la barbilla—, y asegúrate de no perderlo por el camino…
El aludido puso los ojos en blanco.
—Como si fuese sencillo perder algo como esto… —declaró con un resoplido. Levantó al hombre casi en vilo y lo obligó a caminar—. Vamos, te dejarán esa nariz preciosa para que puedas lucirla en el juicio.
Sacudió la cabeza ante la ironía presente en las palabras de su compañero y se giró hacia su hermano, quién lo miraba con intensidad.
—¿Qué?
Gabriel indicó la salida con un gesto de la barbilla.
—¿Y bien? ¿A qué esperas?
Enarcó una ceja sin comprender.
—Reaver, no has dejado de hablar de esa maldita muñeca desde que la perdiste de vista ese fin de semana —le recordó con sorna—, y mira por dónde ha vuelto a la ciudad del pecado. ¿De verdad tengo que decirte lo que debes hacer?
Ella había sido como una espinita clavada, como una obsesión juvenil que lo había desesperado y cabreado a partes iguales durante mucho tiempo. Y ahora, ese sueño de una noche, había vuelto con más fuerza que nunca y maldito fuera, pero esa actitud irreverente y mandona lo había puesto duro al momento.
—De acuerdo, pues quédate aquí vigilando el frente que me presentaré yo mismo a tan caliente gatita.
Antes de que pudiese saber que estaba haciendo, había extendido el brazo para detener sus avances.
—Ella es mía.
Su hermano dejó escapar una risita.
—Jim —llamó a su compañero, quien todavía no había abandonado por completo la sala—, no me esperes despierto.
El policía se echó a reír.
—De acuerdo. No te he visto y no sé a dónde has ido.
—Exacto.
Sin una palabra más, dejó a su compañero y a su hermano para encargarse de aquel desastre y salió tras su presa.


Reaver estaba convencido de que estaba de camino al purgatorio, o al menos lo estaría si tan siquiera creyese en algo parecido. Para él, el Purgatorio estaba en la tierra y cobraba la forma de casos sin resolver, de las víctimas que no podía salvar o de las reuniones interminables con su familia, especialmente cuando esta se dedicaba a criticar a Gabriel. Había incluido incluso su insana y antigua obsesión por la desconocida con la que había pasado una magnífica noche de sexo, una con la que se había casado en las Vegas y en la que no había vuelto a pensar en los últimos años; hasta ahora.
Pero Abigail Nuales no era el purgatorio, era el mismísimo infierno y estaba lo suficiente loco como para querer quemarse en él. No podía evitarlo, si había algo que no soportaba era no poder quitarse de encima una obsesión y ella era una que ya llevaba en sus huesos demasiado tiempo.
No la había reconocido y, al mismo tiempo, algo en ella había tirado de su memoria. Sus rasgos habían cambiado ligeramente, quizá debido al cambio de peinado y el serio maquillaje que llevaba, así como esa dureza exterior con la que se armaba. Una caza recompensas, sin duda era un trabajo extraño para una mujer, pero no era la primera ni sería la última y él era lo bastante hombre y buen policía como para reconocer un buen trabajo cuando lo tenía delante.
La mujer había abandonado el club solo para caminar un par de manzanas y entrar en un pub dónde se instaló en la barra, rechazó los avances de un par de espontáneos, pidió una consumición y procedió a disfrutar de ella lentamente.
Su previa actitud seguía dándole vueltas en la cabeza, la animosidad con la que lo había mirado —obviamente ella sí lo había reconocido al momento y no le hacía ninguna gracia su presencia—, y esa fiera actitud que casaba perfectamente con su profesión y chocaba estrepitosamente con el aspecto de maestra de escuela católica que identificaba su vestimenta.
La vio abrirse un par de botones de la chaqueta de punto, seguidas de un par más de la blusa, cruzó las piernas, unas largas y deliciosas piernas torneadas dejando ver parte de una liga y empezó a marcar la melodía que sonaba en el local con el pie.
—Toma asiento, poli, no me gusta que me miren por encima del hombro.
El directo comentario vino acompañado de un largo sorbo de su bebida y de una sesgada mirada.
—¿Se te ha olvidado decirme algo o vienes a esposarme por ser una chica mala?
Sonrió para sí, cruzó el espacio que los separaba y se sentó en un taburete a su lado. Los ojos claros de su obsesión se posaron en él y supo, sin lugar a dudas, que ella sabía perfectamente quién era.
—Si quisiera esposarte, lo habría hecho antes de que abandonases el Triple Trouble.
Los llenos labios se curvaron en una perezosa sonrisa que a duras penas ocultó tras el vaso de su bebida.
—Me gustaría verte intentándolo.
Su abierto desafío lo llevó a reír, se giró hacia el barman y pidió una cerveza negra fría.
—Dudo que cooperases dócilmente —replicó y se giró en el taburete para mirarla—, aunque eso podría resultar un punto de inflexión interesante…
—Te gustan los desafíos, ¿eh? —declaró ella dándole un largo trago a su consumición.
Cogió su cerveza cuando la dejaron sobre la barra y sonrió de medio lado.
—Solo con ciertas mujeres —respondió llevándose el cuello de la botella a la boca—, especialmente con aquellas con las que he llegado a casarme.
Los bonitos ojos claros se volvieron en su dirección, no hubo necesidad de palabras, ambos se comunicaron con la mirada, reconociéndose mutuamente, sabiendo quienes eran ambos y lo que habían compartido una vez.
—Son cosas que solo pasan en Las Vegas.
Dejó la cerveza sobre el posavasos y asintió.
—Sí, sin duda solo aquí podrían volver a encontrarse dos desconocidos, que disfrutaron de una gran noche, varios años después, en un club erótico.
Ella rio, dejó su vaso y se giró hacia él por completo.
—No te olvides de una apresurada boda delante de Elvis.
—Y de una apresurada desaparición femenina.
Sus ojos se entrecerraron, la vio lamerse los labios, entonces se levantó y se acercó a él, separándole los muslos para introducirse entre ellos y deslizar la mano sobre su ya dura erección.
—Hay cosas que merecen la pena dejarlas entre las sábanas de una cama y el misterio de la noche.
Le cogió la mano, la alzó y se la llevó a la boca, eligiendo uno de sus dedos y succionándolo con premeditada lentitud, acariciándoselo con la lengua antes de soltárselo, sin dejarla ir a ella.
—El cual es también el lugar perfecto para rememorarlas.
Intentó retirar la mano, pero no se lo permitió.
—Pero esta vez, intentemos no terminar de nuevo ante Elvis.
Ella parpadeó visiblemente sorprendida por su respuesta, entonces se echó a reír.
—Estás muy seguro de tus posibilidades.
La soltó, pero no se apartó.
—Si no estuvieses interesada, ya me lo habrías hecho saber —declaró recorriéndola con la mirada—, y, casi apostaría, después de lo que he visto, que no me quedarían ganas para replicar.
Enarcó una ceja y curvó los labios.
—Un hombre inteligente —resumió—. Y yo que pensaba que ya estaban extinguidos.
Le cogió de nuevo la mano y le acarició la palma con el pulgar.
—Te demostraré que no.




Abigail sabía que estaba cometiendo una locura, que volver sobre el pasado era siempre una mala idea, pero ¿y si el pasado volvía incluso más arrogante, más sexy y jodidamente masculino que nunca? Además, solo sería una noche, a la mañana los caminos de ambos volverían a separarse y cada uno retomaría sus vidas.
Optó por invitarle a su habitación de hotel, quedaba cerca y era un lugar que abandonaría a la mañana siguiente para coger su vuelo de regreso a casa.
—Adelante.
La miró, echó un rápido vistazo alrededor y de nuevo a ella.
—Interesante elección.
Sonrió de soslayo.
—Estaba cerca y disponible.
—Una combinación que sin duda apruebo, cielo.
Cielo. Él la había llamado así la primera vez que se vieron.
Habían coincidido en la barra del local en el que se estaba realizando la despedida de soltera de su amiga, ella ya estaba achispada por las bebidas, él estaba con su grupo de amigos y lo que empezó con una charla y un inocente coqueteo, terminó con ambos retozando en su habitación de hotel.
La primera gran locura que cometiste en tu vida, la segunda, fue convertirte en caza recompensas.
Una decisión que había cambiado todo, que la había alejado de su familia pero que trajo consigo una satisfacción personal que llenaba su necesidad de ser útil para los demás.
Durante los años que llevaba colaborando con detectives privados y, esporádicamente, con la policía, había ayudado a resolver un par de secuestros, tres desapariciones y algunos casos menores con los que se había consolidado en ese difícil mundo dónde si no eras un hombre, no te tenían en cuenta.
Había tenido que endurecerse y no solo físicamente, la muchacha inocente que había sido maduró y se convirtió en la dura mujer que era ahora, una que obtenía lo que deseaba, cuando lo deseaba y, lo que quería ahora mismo, era a ella.
—Eso demuestra que eres un hombre inteligente, detective —aceptó mirándole de arriba abajo.
—¿Y qué te hace a ti?
Se acercó a ella hasta que apenas podía correr el aire entre ellos. Se movía con una elegancia y agilidad asombrosa para un hombre de su envergadura en un espacio tan pequeño.
Se lamió los labios y levantó ligeramente la barbilla.
—Una mujer que sabe lo que quiere.
Sus labios se curvaron lentamente, su mirada se volvió abiertamente sexual y su intensidad la hizo estremecer de placer.
—Bien, entonces encajaremos a la perfección —aseguró—, porque yo soy un hombre, que también sabe lo que quiere… Y en estos momentos, te quiero a ti. Desnuda. Y en la cama.
Se llevó las manos a los botones de la chaqueta, se la quitó y pasó a la blusa, demorándose ahora a propósito en cada pequeño botón.
—¿Y yo puedo pedir lo mismo?
Caminó hacia ella, el rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia ella.
—Puedes —declaró resbalando la mano por el muslo, subiendo por la cadera hasta rodearle finalmente un pecho.
Contuvo la respiración, su osadía la encendía.
—Otra cosa es que lo consigas —murmuró bajando sobre su cuello, besándoselo y mordisqueándole la piel—. Um… eres incluso más dulce de lo que recuerdo.
Abby gimió cuando le acarició el pezón por encima de la ropa, sus palabras la excitaban con inesperada facilidad. Algo le decía que no iba a andarse por las ramas.
—Los recuerdos pueden palidecer frente a la realidad.
Él le sonrió dejando que sus pensamientos se reflejasen en sus ojos.
Los botones que quedaban de la blusa salieron disparados en todas direcciones cuando se la abrió de golpe, el jadeo le quedó atascado en la garganta mientras lo veía mirarla con desnuda hambre. Bajo la tela del sujetador, sus pezones se revelaban duros e invitantes, rogando en silencio por su contacto. Reaver bajó la cabeza sobre sus pechos y dejó un sendero húmedo con su lengua a lo largo de la línea superior de la tela que la estremeció de placer.
Su mirada subió entonces hacia ella, mirándola por debajo de esas espesas pestañas.
—Sí, sin duda, los míos palidecen…
Lo miró a los ojos sin poder evitar que el sensual rubor que cubría sus mejillas se extendiese también por sus pechos hasta que todo su cuerpo se volvió de un adorable sonrojo.
—No serían los únicos…
Su sonrisa se hizo más predadora, enganchó los dedos índices en el broche delantero del sujetador y se lo abrió.
—Veo que pensamos igual.
Bajó sobre su pecho y se llevó un duro y puntiagudo pezón a la boca haciendo que se estremeciese de inmediato. Sus manos parecían estar por todo su cuerpo. Notó como los dientes se cerraban suavemente alrededor de su pezón, poniendo de manifiesto sus pensamientos y revelando ese lado peligroso que rodeaba al policía. La mordisqueó como si fuese un postre, apretándolo para luego lamerlo mientras dejaba que su peregrina mano descendiese sobre su caliente piel.
Tembló bajo su contacto, excitada y estremecida mientras hundía la mano bajo su falda y hacía a un lado la tela del tanga.
—Caliente y húmeda —ronroneó contra su pecho—, perfecta.
Se contorsionó bajo él, necesitada de más y enfebrecida por sus caricias. Su boca era increíble, decidida a no hacer prisioneros. Pronto la tuvo retorciéndose contra él, contra esa maldita mano que se había colado bajo la falda y retozaba contra su sexo desnudo.
—Tanto que podrías convertirte en una obsesión —ronroneó haciéndose con su boca para devorarla con hambre. Su lengua se enlazó con la suya y combatió en un duelo que no admitía prisioneros.
Abandonó su boca solo para descender por su cuello, lamiéndola y mordisqueándola de una manera sumamente erótica, podía sentir los dientes raspándole la piel, pero en vez de disuadirla eso la ponía más y más caliente.
El deseo había arrollado con su cordura, el anhelo largo tiempo oculto surgió de su escondite deseando tomar para sí aquello que se le había negado. Le deseaba, no importa que hubiese sido la locura de una noche, su cuerpo le recordaba, su alma lo había mantenido vivo de alguna manera en modo de anhelo. Siempre lo había deseado, más aún después de aquella primera y única noche.
—Nos sobra la ropa —ronroneó en su oído, mordiéndole la oreja—, te quiero desnuda. Completamente desnuda.
—¿No prefieres quitármela tú?
Sus ojos se encontraron con los de ella cortando al momento cualquier hilo de pensamiento.
—Depende, ¿quieres conservar la ropa entera? —resumió con voz grave, empañada por el deseo—. Porque no me hago responsable de los desperfectos que cause mi… entusiasmo por liberarte de ella.
—Todo un poeta… —se burló.
—Soy realista, nena, solo digo lo que pienso —aseguró y la recorrió con la mirada—. Y ahora mismo solo pienso en devorarte entera.
Su cabeza se hizo eco de la directa respuesta y le sonrió.
—Una sugerencia que secundo.
Abby se quitó los zapatos y el pantalón en un abrir y cerrar de ojos, la blusa rota y el sujetador siguieron el mismo camino dándole lo que deseaba; a ella, desnuda y dispuesta.
—Los recuerdos son pálidas imágenes en comparación a la realidad —murmuró él dejándose guiar hasta el dormitorio, para luego empujarla sobre la cama—. Eres mucho más bonita de lo que recordaba…
Se mordió el labio inferior. Se sentía expuesta, más que desnuda bajo esa ardiente mirada que no dejaba un solo centímetro de su cuerpo por admirar y excitada, tanto que dolía.




Reaver se sostuvo sobre los talones, admirando la deliciosa creación que destacaba contra la amalgama de colores de la colcha. Sus ojos brillaban de deseo, su color se había oscurecido dotándolos de una intensidad que se colaba en sus entrañas, sus mejillas llenas y sonrojadas lo llevaron a sus labios, entreabiertos y rojos por sus besos. No era una belleza clásica, no era el tipo de mujer por la que los hombres se girarían al verla pasar, pero poseía ese raro atractivo que hacía que no pudiese evitar desearla, que cada vez que la veía quisiese estar con ella.
Inspiró profundamente y se relamió, el aroma a cítricos que la envolvía era muy adecuado, encajaba muy bien con ella. Dejó que sus labios se curvasen lentamente mientras deslizaba la mirada sobre el resto de su cuerpo, admirando a la mujer que tenía ante él, aquella que se le había escapado una vez entre los dedos.
—Me gustan tus tetas.
Toda una declaración de amor, sin duda. Pensó irónico. Pero era verdad. Le gustaban sus pechos, eran grandes, redondos y encajaban a la perfección en sus manos. Los duros y lujuriosos pezones no hacían más que llamarle y terminó sucumbiendo una vez más a ellos, bajando y llevándose uno a la boca.
Su polla protestó dentro del confinamiento de los pantalones, notó como se le encogía el estómago y el placer se disparaba de nuevo por su cuerpo. Estaba hambriento, había pasado demasiado tiempo fantaseando con este momento y, ahora que estaba a su alcance, iba a disfrutarlo.
Tenía las ideas muy claras; la deseaba y quería hacerla suya, quería enterrarse profundamente entre sus piernas y cabalgarla hasta saciar ese maldito anhelo que le generaba.
—Eres peligrosa para mi salud mental, Abigail —pronunció su nombre completo. Se echó hacia atrás una vez más y empezó a desnudarse. La camisa terminó en una esquina, los mocasines siguieron el mismo camino que el cinturón y los pantalones, quería toda esa piel contra la suya, sin nada en medio. Quizá el lugar no fuese el adecuado, pero no podía importarle menos.
Tumbada sobre la cama, con el pelo revuelto y desnuda, parecía una ofrenda pagana, el suave y breve vello entre sus piernas lo hizo salivar. Aspiró profundamente y se estremeció ante el dulce y especiado aroma de su feminidad. Se le hacía la boca agua por probarla una vez más.
—Creo que antes de ir a por el plato principal, tomaré un pequeño aperitivo.
El deseo se reflejó en los ojos femeninos y le arrancó un pequeño jadeo cuando se instaló entre sus muslos, abriéndolos y dejándola por completo a su merced.
—Sin duda tienes en mente una cena de gala…
Se rio al tiempo que se inclinaba sobre el húmedo y rosado objeto de su deseo y sopló sobre la tierna carne antes de levantar la mirada sobre su cuerpo y guiñarle el ojo.
—Oh sí, todos y cada uno de los platos.
Ocultando su sonrisa bajó sobre la cálida carne, la lamió un par de veces, degustando su sabor antes de atormentar su clítoris con los dientes.
—¡Cristo!
El sobresalto de su cuerpo y la inesperada exclamación casi lo hacen reír. Esa pequeña guerrera era muy sensible. Iba a pasarlo realmente bien.
—El de arriba nada tiene que ver con esto, dulce.
Nada en absoluto… pensó interiormente mientras bajaba de nuevo para darse un apetitoso festín con ella.
Introdujo un dedo en su interior mientras seguía atormentando su clítoris con la lengua, chupándolo y mordisqueándolo hasta que las palabras perdieron su consistencia y se convirtieron en ininteligibles grititos y jadeos.
Ella se arqueó bajo él, jadeando, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, presa del placer. Sus íntimas y mojadas paredes se cerraron alrededor de su dedo y no pudo evitar gemir ante el pensamiento de cómo se sentiría cuando estuviese profundamente alojado en su interior.
—Eres incluso mejor que en mis sueños —ronroneó contra su cuerpo—, y mucho más real.
—Real… ese es el punto… dios… no se te ocurra parar ahora.
Se rio entre dientes. Ella deseaba más y, esos deseos, encajaban perfectamente con los suyos.
—Eres tan dura por fuera como blandita por dentro.
Ella bufó y se revolvió bajo él.
—¿Es necesario que hables?
Soltó una carcajada.
—No cabe duda de que eres divertida, nena… —chasqueó y la atormentó un poco más antes de alejarse de entre sus piernas y escuchar como lloriqueaba por el abandono—, pero esta noche, el que lleva los pantalones, soy yo.
Esos bonitos ojos claros se encontraron con los de él con tanta incredulidad que a duras penas pudo dejar de reír. Era refrescante, ese desafío en sus ojos lo encendía casi con la misma efectividad que su cuerpo.
—O, mejor dicho, el que va a quitárselos…
Necesitaba estar dentro de ella, estaba deseoso por hundirse en esa dulce humedad. Se lamió los labios y se arrastró sobre su cuerpo, cubriéndola, haciéndose sitio entre sus muslos para penetrar finalmente en el mojado y ajustado pasaje que lo acogió por completo.
El suave y dulce gemido lo llevó a sostener su peso sobre los codos, a planear sobre ella y contemplar el expresivo rostro que le devolvía la mirada. Era la viva imagen del deseo y la lujuria, con el pelo suelo y revuelto sobre las sábanas, la piel transpirada de sudor y ese brillo sensual.
—Empiezo a preguntarme si una noche será suficiente, cielo —musitó manteniéndose en el borde—, y temo que la respuesta no sea lo que espero.
—No esperes…
Se rio y bajó sobre su boca para darle un dulce beso.
—Sí, tienes razón, ¿para qué perder el tiempo con cháchara?
Le rodeó uno de los firmes pechos y atormentó el pezón entre los dedos provocando un estremecimiento en el dulce y voluptuoso cuerpo que le servía de colchón, la otra mano resbaló sobre su cadera, rodeándole el muslo e instándola a enlazar la pierna alrededor de su cadera, buscando profundizar más en su interior.
Las suaves y pequeñas manos dejaron de enredarse en las sábanas y volaron sobre su espalda, acercándole más a él y volviéndolo loco con inevitable eficacia.
Salió de ella solo para volver a hundirse, su cuerpo recibiéndole con la misma pasión y deleite que sentía él, acompasando sus movimientos, saliendo a su encuentro y tomando en su interior todo lo que estaba dispuesto a darle.
Los duros pezones apuntaban hacia arriba, meciéndose al compás de sus embestidas, convirtiéndose en un atractivo que no pudo rechazar. Bajó la cabeza para llevarse uno a la boca, succionándolo con fuerza mientras ella clavaba los dedos en sus hombros y echaba la cabeza hacia atrás entregada al placer.
Abigail estaba segura de que iba a hacerse pedazos de un momento a otro. El duro miembro en su interior la enloquecía, hacía que todo su cuerpo se deshiciese y pidiese más. Nunca había sentido algo tan intenso, ni siquiera la vez anterior en la que había estado con él. La boca prendida en su pecho la dejaba sin aliento, empezaba a temer que si subía un poco más en esa escala de lujuria desatada terminaría desmallándose.
El calor se instaló en su vientre, creciendo exponencialmente con una rapidez que arrolló su mente y terminó en una explosión que se llevó hasta la mismísima cordura de su mundo.
—Sí… justo así… —escuchó su voz en medio del caos provocado por el orgasmo—, déjate ir, cielo… disfrútalo.
Su cuerpo parecía pertenecerse solo a él, reaccionando a sus caricias y a cada movimiento como si hubiese sido adiestrado para ello.
Antes de darse cuenta, deslizó las manos por detrás de sus rodillas y le levantó las piernas, abriéndola por completo, exponiendo sus mojados pliegues antes de volver a hundirse de nuevo en ella, moviéndose ahora un poco más despacio, enloqueciéndola y construyendo sobre los rescoldos de un orgasmo uno nuevo.
Sacudió la cabeza incapaz de hacer otra cosa.
—Por favor… —Ni siquiera sabía que decir, las sensaciones eran enloquecedoras.
Reaver se relamió por dentro. Con las piernas abiertas, su dulce y caliente sexo aferrándole íntimamente y la pátina brillante que le otorgaba el sudor a su piel era una visión de lo más erótica, una que lo endurecía incluso más de lo que ya estaba.
Se arrastró hacia atrás con perezosa lentitud solo para volver a empujar en su interior, deleitándose con la manera en que lo apretaba. Su polla brillaba al salir mojada por sus jugos antes de desaparecer de nuevo en su interior.
—Dame todo lo que tienes, cielo, ven a mí y dame lo que deseo, lo que ambos deseamos.
Acarició el sonrojado pezón con la lengua sin dejar de torturarla con movimientos pausados de sus caderas, entrando profundamente, sosteniéndola ahí para luego retirarse y repetir la operación una y otra vez. Sus gemidos inundaban la habitación haciéndose eco de la pasión compartida.
—Oh dios, oh dios, oh dios…
Abandonó su pecho y subió a su boca para devorar sus labios con glotonería, le soltó las piernas, que se enlazaron por sí solas alrededor de su cintura clavándole los talones en el culo y se apoyó en los brazos para mecerse ahora con mayor intensidad contra ella.
—Reaver, cariño, nada de dios, harás que me crezca el ego —replicó en su boca, bebiéndose sus gemidos, enlazando la lengua en la suya y degustándola hasta quedar borracho de ella.
Quería sentir de nuevo esos suaves y húmedos músculos internos cerrándose a su alrededor y arrancándole la cordura, obligándole a sucumbir por fin a ella.
Empezó a empujar con más fuerza, ahogó sus gritos con la boca y no se detuvo ni siquiera cuando ella gritó su nombre al llegar a su propia liberación. No la dejó ir, enterrándose en su sexo una y otra vez hasta que los espasmos de aquella dulce presa tiraron de su propio orgasmo haciendo que se derramase completamente en su interior.
—Y esto, cielo… —ronroneó un minuto después tendido todavía encima de la cama a su lado—, no es más que el principio.




Una noche. Eso era todo lo que le había concedido, lo que ambos habían pactado y, sin embargo, no había sido suficiente. Su piel lo añoraba, su cuerpo revivía nítidamente cada momento pasado entre las sábanas, bajo el calor del agua de la ducha y sus pasos se volvían erráticos, resistiéndose a avanzar a través del aeropuerto.
Era hora de volver y continuar con su trabajo.
Esa misma mañana se había puesto en contacto con su prima para ponerla al corriente de los pormenores; el haber perdido más de la mitad de lo que el gilipollas le había quitado la hizo gritar como una banshie, pero parecía satisfecha, lo suficiente como para ingresarle en su cuenta la tarifa acordada.
‹‹Me quedo con que le has aplastado los huevos, Abby, solo por eso, te pagaría la mitad de tu tarifa. Una lástima que no hayas podido grabarlo en vídeo››.
Sacudió la cabeza al pensar en su conversación. No dejaba de resultar curioso que fuese su familia la que la considerara la rara, la diferente… en ese saco había algunos que podían postularse para el psiquiátrico y sin hacer oposiciones.
La megafonía anunció la próxima salida de su vuelo, tenía que embarcar ya si no quería quedarse en tierra.
—Joder, solo ha sido sexo —se recordó a sí misma—, y al menos esta vez no has terminado delante de Elvis y casada con él.
No, esta vez se habían despedido como… algo parecido a amigos. No hubo salidas a hurtadillas, ni arrepentimientos, ambos eran adultos, dos personas perfectamente sanas y cuerdas que disfrutaban del sexo y de un rocambolesco momento vivido en el pasado.
Reaver se había ofrecido incluso a llevarla al aeropuerto, pero había rehusado.
‹‹Acordamos una noche y ya es por la mañana. Gracias por una velada increíble, detective. Cuídate››.
Un ‹‹tú también›› fue su única respuesta. Recogió sus cosas, la besó una última vez en los labios y salió por la puerta dejándola a solas consigo misma.
—Necesito volver al trabajo…
Tenía que volver a enterrarse en su cotidianidad, revisar expedientes, devolver llamadas y volver a la carretera. Había gente que la necesitaba y no podía darse el lujo de pensar en tonterías. Ya no era la mujer de antaño, hacía mucho que había dejado de creer en cuentos de hadas.
‹‹Este es un aviso para el pasajero Abigail Nuales, del vuelo VX488 con destino a Florida. Por favor, preséntese en la oficina de la Policía››.
Parpadeó al escuchar su nombre a través de los altavoces y frunció el ceño. El aviso volvió a repetirse al momento por megafonía, confirmándole que no había escuchado mal.
—¿Qué demonios…?
Volvió a echar mano al bolso y sacó el teléfono móvil en busca de algún aviso que le diese una pista de lo que estaba pasando. No era la primera vez que tenía que dar media vuelta para colaborar en algún caso de la zona, el hijo puto de su jefe era muy dado a no avisarla sino hasta el último momento.
Pero, en esta ocasión, no figuraba aviso de ningún tipo.
‹‹Este es un aviso para el pasajero Abigail Nuales, del vuelo VX488 con destino a Florida. Por favor, preséntese en la oficina de la Policía››.
La megafonía insistió una tercera vez en el mismo aviso aumentando su frustración. Se golpeó el muslo con la tarjeta de embarque y arrastró la maleta en dirección opuesta a la de su vuelo.
—Voy a meterte un palo por el culo, Thomas Larkin y voy a disfrutar como nunca haciéndolo —siseó, pronunciando el nombre de su jefe mientras caminaba hacia la oficina de la policía.
No tardó ni cinco minutos en dar con el pequeño reducto que utilizaba la policía en el aeropuerto, la puerta estaba abierta y había una mujer sentada detrás de un breve escritorio.
—Soy Abigail Nuales —se presentó.
La mujer levantó la mirada y señaló la pequeña habitación acristalada a sus espaldas.
—La están esperando.
Dejó la maleta a un lado, el bolso encima de la mesa y apuntó a la agente con un dedo.
—La hago responsable si se extravía alguna de mis cosas.
No esperó respuesta, pasó a su lado y entró en la habitación adyacente solo para detenerse en seco.
—¿Qué demonios…?
Reaver estaba sentado en el borde de un enorme escritorio lleno de papeles jugando con un set de esposas de metal y parecía realmente satisfecho consigo mismo.
—¿Has…? —Miró hacia la puerta y luego hacia él, empezando a juntar las piezas a la velocidad de la luz—. ¿Fuiste tú?
Se pasó la lengua por los labios y se incorporó, en el reducido espacio, su altura y corpulencia parecían incluso mayores.
—He llegado a la conclusión de que una sola noche no es suficiente —declaró. Y, ante su atónita mirada, le cogió la muñeca y cerró la pulsera de un lado de las esposas a su alrededor.
Parpadeó con incredulidad y levantó la muñeca alrededor de la que se movía la pulsera.
—¿Y es necesario que me esposes para decírmelo?
Sus labios se curvaron lentamente hasta formar esa pícara sonrisa que le provocaba escalofríos de placer.
—Te escapaste una vez, cielo, ¿de verdad pensabas que ibas a poder hacerlo otra?
Abrió la boca y volvió a cerrarla. Entrecerró los ojos y agitó la muñeca.
—Suéltame. Ahora. Mismo.
Su respuesta fue levantar el otro extremo de las esposas y agitarlo en el aire antes de cerrarlo alrededor de su propia muñeca.
—Como dije, una noche no fue suficiente.
Sin más, la atrajo hacia él y la besó en la boca, arrebatándole las palabras y la cordura en un húmedo y caliente beso.
—Vas a tener que darme más, una semana, un mes… lo que surja…
Fue incapaz de decir nada, sus palabras no eran sino un eco de sus propios pensamientos, unos tan rocambolescos que se había obligado a hacerlos a un lado.
—¿Te das cuenta de que has hecho que pierda mi vuelo?
Le apartó un mechón de pelo del rostro y le acarició la nariz con el dedo.
—Es usted una mujer difícil de atrapar, señorita Nuales —ronroneó levantando las manos de ambos, esposadas—, así que, he tenido que recurrir a métodos… extremos.
Sacudió la cabeza.
—Estás loco.
—Quizá un poco.
—No. Estás loco de remate —aseguró, entonces, para su propia sorpresa, se echó a reír—. Por lo que es una suerte que yo lo esté también.
Después de todo, ¿quién, sino, una completa demente, se enamoraría de un hombre en el transcurso de una sola noche?
—¿Me concedes una noche más? —le preguntó él de nuevo.
Levantó su mano esposada y ladeó la cabeza.
—No veo cómo puedo negarme a tan apetitosa propuesta, detective.
—Y esa, cielo, es la respuesta correcta —declaró antes de capturar su boca en un húmedo y delicioso beso.



Continúa con los hermanos Falcon en...





Photobucket